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No cabe dudas de que antes de partir ya había dejado brillantemente concluida su misión en la tierra, pues en sus 92 años de vida había recibido todos los honores que puede recibir un hombre y había derramado en los suyos todas sus inmensas virtudes.

Brillante alumno de Ingeniería Civil Eléctrica de la Universidad Federico Santa María, tesonero emprendedor que se inició en la V Región, de la cual fue siempre devoto, y que luego extendió sus actividades a varias zonas del país.

 Sus empresas fundamentales fueron siempre Rhona, Covisa y Emelta, todas con asiento en su amada ciudad Viña del Mar, donde residió hasta sus últimos días. Esas, sus empresas regalonas, las que creó con su socio y compañero de toda la vida, don José Hornauer, a partir de un pequeño taller de reparaciones eléctricas en la calle Valparaíso de Viña del Mar. Pero fueron su tesón y perseverancia los que junto a los de su socio llegaron a consolidar a esas empresas como las más grandes y prósperas fábricas de transformadores, fabricación de alambre de cobre e instalaciones eléctricas con cobertura nacional. En estos últimos años ya había delegado la gestión de sus empresas a sus hijos, las cuales ellos desempeñan con gran habilidad y perseverancia.

Con Mercedes Urenda Zegers formó una inmensa y hermosa familia compuesta de diez hijos, 30 nietos, 16 bisnietos y 8 adorables yernos y nueras, todos los cuales 'Siempre lo tuvieron como su gran inspirador. Sin duda fue un gran patriarca que dio y recibi6cariño de una familia que formó en el amor y los valores, y de la cual cualquier hombre estaría orgulloso.

Pero su cariño, generosidad, sabiduría y grandeza no se quedaron solo con los suyos, sino que alcanzaron también a todo el restó de la familia Urenda, en quienes dejó un legado que apreciamos y que jamás olvidaremos.

Cuando se nos informó de su partida, todos entristecimos, quizás por el sentimiento de orfandad que nos invade o por egoísmo por querer seguir contándolo entre nosotros, pero con el paso de las horas nos hemos ido resignando, pues ya no podía damos más, su alegría y vitalidad lo habían abandonado, ya había cumplido con todos, absolutamente con todos. ¿Qué más podíamos pedirle?

No cabía duda alguna que le estaba llegando la hora del descanso, prometido a los que pasan por el mundo haciendo el bien.

Al irse, sólo nos privó de su menuda figura, porque todo lo demás nos lo dejó: su inmenso legado de amor nos servirá de motor e inspiración en nuestras vidas y para siempre. Ojalá en algo podamos imitarlo.

No debiéramos estar tan tristes

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